
Si a Sergio del Molino le ocurre como a mí, que disfruta incluso más con el proceso de documentación que con el de la escritura, puedo perfectamente imaginar el goce que habrá experimentado a lo largo de toda la investigación realizada para escribir esta fantástica novela: «La hija«, en la que se adentra en unos personajes y en un periodo histórico fundamentales para entender quiénes somos nosotros -sí, nosotros, tú y yo y los que nos rodean-, y cómo hemos llegado hasta aquí.
Quizás todo empiece de una manera rocambolesca: he escuchado a Sergio del Molino decir que en el colegio se extrañaba cuando al estudiar a Goya leía en los libros de texto que el pintor había terminado sus días exiliado en Burdeos acompañado de su ama de llaves. ¿De su ama de llaves? ¿Qué pintaba la ama de llaves ahí, en los libros de texto? ¿Es que acaso a otros artistas se les mencionaba junto a su ama de llaves? ¿Quién era de verdad esa señora llamada Leocadia Zorrilla?
Y después hay un cuadro, que estaba desaparecido desde 1843, y que aparece de repente en venta por un particular que no debía saber muy bien el valor de lo que tenía en propiedad, como si lo hubiese subido a Wallapop, y que acabó siendo comprado nada más y nada menos que por el museo de El Prado, en 2024. En él, una chica, Rosario Weiss, precisamente la hija del ama de llaves de Goya, en pleno periodo del romanticismo donde el recato y el pudor eran la norma, aparece autoretratada con un pecho casi al aire, la mano llevándosela a la oreja, reclamando la atención del espectador.

¿Entonces era Leocadia Zorrilla el ama de llaves de Goya o la segunda mujer de Goya? ¿Entonces era Rosario hija de Goya o no?
Sergio del Molino sostiene que sí, que era «La hija». Y con esta premisa construye una obra dividida en dos partes en la que una mitad es novela y otra mitad ensayo. En la primera parte el autor narra cómo fue la vida de Rosario Weiss, en la segunda afronta un ensayo sobre Goya y Rosario, su vida, obra y periodo histórico. Desde luego es una estructura singular y que creo que funciona muy bien, viajamos en el tiempo y en la historia de las dos maneras, en la primera imaginamos, vemos, observamos, escuchamos, convivimos con los personajes; en la segunda enmarcamos, aprendemos y comprendemos un periodo histórico y la relevancia de la vida y la obra de los protagonistas.
Estupendamente bien escrita, documentada y ambientada, en La hija nos adentramos en el siglo XIX, un periodo fundamental de la historia de España, el momento en el que termina el absolutismo, la justificación divina de los reyes para ostentar todo el poder, y es sustituido por el Estado moderno. Observándolo hoy en día, leyendo La hija hoy en día, todos los hechos históricos que nos cuenta (y todo lo que te inspira a consultar en internet mientras lees), no es difícil concluir que ese proceso que se inicia con la constitución de 1812, culmina con la constitución de 1978. Que de 1812 a 1978 vivimos un mismo proceso histórico. Nada más y nada menos los 166 años que tardó España en estabilizar su sistema de gobierno actual.
Y esa es una de las razones por las que me ha gustado tanto esta novela. Por entender el proceso y la conclusión de esos 166 años. ¿Por qué tenemos el siglo XIX tan olvidado? No lo sé, se lo tengo que preguntar a Sergio.

Pero no solo me ha gustado esta novela por el hecho histórico en sí, que bien puedes leer en la Wikipedia, sino por cómo se ambienta la historia y cómo se narra aquella época, especialmente remarcable el tono y el lenguaje decimonónico de la primera parte, un verdadero viaje en el tiempo:
Yo no era nadie, un pisaverde con el mostacho recién crecido que creía saberlo todo y lo demostraba paseando con soberbia por el Prado con un chacó y el sable a la vista. La milicia, decía en voz muy alta, para que me oyeran las señoritas y los señorones… Nadie me contestaba, pero se les subía a la cara el miedo…. Estábamos en guerra con los carlistas, y casi en guerra con los moderados en Madrid. Pronto habría que usar el sable para algo más que afilarlo en la piedra y yo ansiaba que ese día llegase.
Los personajes conviven entre aquellos sucesos, Goya pintó sus grabados sobre los desastres de la guerra, y los fusilamientos del 3 de mayo, y fue liberal y vivió el trienio liberal, aquella época en la que “Los españoles experimentaban por primera vez de una libertad de expresión plena. Las imprentas escupían hojas libérrimas, millones de palabras se escribían sin censura, sin miedo al castigo” y tuvo que huir cuando el felón Fernando VII recuperó el poder y empezó la vengativa década ominosa, “el terror de 1824, las palizas de los voluntarios reales, los cuerpos colgados en las plazas, la crueldad sin freno de los verdugos en la cárcel de villa, los monjes con trabucos que disparaban a los herejes sin bajarse de la mula”, lo que llevó a Goya al exilio; aunque no por él, sostiene Sergio del Molino, que no corría ese peligro político, sino por su amor a su libérrima ama de llaves, Leocadia Zorrilla, y a su propia hija (aunque muchos no quieran reconocerla como hija), Rosario Weiss.

Rosario era una niña cuando vivía en La quinta del sordo rodeada de las pinturas negras, ¿cómo sería para una niña crecer así, inmersa en esas sobrecogedores pinturas que poblaban sus paredes? ¿Por qué dice del Molino que esa niña fue crucial en la existencia de las pinturas negras?

Y en Burdeos, donde se exiliaron los liberales españoles que huían del felón, Goya enseñó a pintar a Rosario.
Y Rosario vio representada en el exilio la obra de teatro el Sí de las niñas de Moratín, y comprendió lo que significaba ser mujer en esa época.
Y regresó a Madrid en donde se propuso ganarse la vida como pintora y mujer, a pesar de que Javier Goya, el hijo legítimo de Goya y sus compinches trataran de hacerle la vida imposible.
Y esa era otra de las cuestiones que más me interesaba, si Rosario -mujer artista del siglo XIX- fue capaz de vivir de la pintura. Yo que conozco por mis novelas el caso de la mexicana Frida Kahlo y de la escultora francesa Camille Claudel, ellas no lo consiguieron. A Frida le compraba cuadros Diego Rivera a escondidas, cuadros que fueron descubiertos después de la muerte de Diego amontonados en un sótano de su casa. Camille perdió la razón ante la imposibilidad de vivir de su escultura. Y, Rosario Weiss, sesenta o setenta años antes que ellas, ¿pudo conseguirlo o no?

Y otro de los aspectos que me ha encantado de la novela es comprobar que no éramos tan distintos entonces, que aquella vida en España de hace 200 años, en lo esencial, no parece tan diferente a la de ahora, y que aquel enfrentamiento entre monárquicos, conservadores y liberales del siglo XIX, también se asemeja a las noticias que vemos en la tele o en las redes sociales hoy en día, en el siglo XXI, que de alguna manera seguimos siendo la misma España.
Así que fantástica la lectura de esta gran novela para observar y comprender la vida, la historia y el arte; y como sucede siempre -aunque a veces lo olvidemos-, la mirada hacia atrás debe ser larga para reflexionar y comprender por qué, hoy, somos lo que somos.
Si esta obra monumental cuenta con 642 páginas, no creo que le sobre ni una.
5 preguntas a Sergio del Molino
Conversé con Sergio del Molino en la pasada feria del libro de Santa Cruz de Tenerife, a continuación 5 preguntas sobre su obra, he resaltado en rojo lo que creo que es clave en sus respuestas.

1. A mí me ocurre que disfruto más con el proceso de investigación que con el de la escritura en sí. ¿Te ocurre lo mismo? Y si es así: ¿Por qué nos divierte tanto el proceso de investigación?
Muchísimo. No sé por qué ocurre, pero sé que si no ocurriese, no podría escribir estos libros. Si leer, encontrar papelotes, viajar y descubrir cosas no te emociona y te resulta tedioso o insoportable, difícilmente vas a encontrar el ánimo para emprender una obra de estas características. Supongo que habrá una razón neurológica: algún neurotransmisor se activa cuando exploras en archivos y bibliotecas y museos. Yo siento, además, que entro en contacto con la historia y sus personajes, que me relaciono con ellos como si charlásemos.
2. ¿Piensas que de «manera general» tenemos olvidado el siglo XIX, un siglo que sin embargo ha sido tan importante en la constitución del Estado español?
Lo tenemos rotundamente olvidado, y los historiadores especializados en el XIX son los patitos feos de la historiografía. Mientras que sus colegas especialistas en el XX son famosos, van a tertulias y escriben tribunas en los mejores periódicos, a los del XIX sólo les conocemos los friquis que los leemos y los muy especialistas. La guerra civil y Franco lo eclipsan todo, lo cual es hasta cierto punto normal. Pero ya no es tan normal que despreciemos el XIX como un siglo ridículo de gente que esnifaba rapé y vestía trajes muy cursis. O que lo demos por narrado, cuando hay tanto en él para explicar nuestro presente. En general, ni lo conocemos ni nos lo tomamos muy en serio: no percibimos la violencia y la tragedia que contiene.
3. Sostienes que Rosario era la hija de Goya, sin embargo, parece que hay mucha gente que se pone nerviosa con esta afirmación. ¿Por qué crees que sucede?
Por diversas razones, y no es menor la más pedestre: no hay forma de demostrarlo. Porque cualquier afirmación que cuestione la historiografía aceptada es incómoda siempre, pero también porque muchos especialistas consideran frívolo escarbar en esos asuntos más propios de la crónica rosa que de la seria. Hay una corriente de crítica feminista que considera que insistir en la cuestión filial opaca a Rosario, haciéndola dependiente o derivada de Goya, cuando tiene interés por sí misma. Hay muchas razones e intereses para eludir ese debate.
4. ¿Por qué Rosario quedó en el olvido y qué piensas que hubiera pasado si no hubiese muerto a los 28 años?
Porque su obra se dispersó y no se ha conocido hasta hace muy poco. El interés serio de los especialistas empezó hace apenas treinta años. Hasta entonces, su obra se conocía muy poco y muy mal, de oídas. Si Rosario hubiera muerto de anciana, estoy casi convencido de que hoy sería un nombre recurrente y familiar no sólo para los amantes del arte, sino en la cultura general española. Su obra anterior insinúa mucha fuerza y originalidad: tenía ya una posición y habría influido mucho. Por otro lado, también lo habría pasado mal. A partir de 1843, año de su muerte, España está gobernada por los moderados, sus rivales políticos, y habría perdido clientes y trabajo en un Madrid donde los artistas tenían una enorme dependencia del poder político.
5. ¿Qué es lo más remarcable que te ha aportado escribir esta novela?
Entenderme un poco mejor. Explorar mi condición de artista y retratista literario: Rosario Weiss y Goya han sido espejos, no siempre complacientes, que me han ayudado a pensar mejor quién soy y qué diablos hago aquí.