A propósito de la retrospectiva de Alfonso Delgado

Visitar la retrospectiva de un amigo que se fue demasiado pronto es una experiencia emocionante y extraña al mismo tiempo. Te encuentras con su foto en la enorme valla que anuncia la programación del museo de Bellas Artes y te impresiona. Lo observas, lo reconoces, su expresión circunspecta —su azul, su color, su mar—; te resulta todo tan cercano que te parece imposible que se haya ido. Entonces tienes la sensación de que te lo vas a encontrar en el mismo museo, espléndido y feliz junto a sus cuadros. Y entras, y te das cuenta de que es cierto, o de que al menos es cierto a medias, porque nada más poner un pie en la exposición y contemplar su obra sientes que Alfonso está ahí, aunque también sientes que no está, la emoción y la extrañeza, todo lo que lo querías, todo lo que lo echas de menos.

En la primera sala, a mano izquierda, hay una pequeña obra suya que no conocía, es un dibujo que representa a un joven que casi se confunde con la naturaleza, se integra en ella, se fusiona en lo físico y en lo emocional. La expresión delicada del chico, las sutiles curvas con las que danza su cuerpo, reflejo de un autor de enorme sensibilidad. Eran los años 70, cuando yo era un niño y aún no lo conocía Alfonso ya estaba dibujando su manera de estar en el mundo; un joven que necesitaba expresarse, afirmarse. Recuerdo cuando me contaba que en aquella época compartía con su amigo, el poeta y escritor Félix Francisco Casanova, todas esas emociones, y a mí me daba un poco de envidia no haberlos conocido a los dos juntos; amigos, lectores, confidentes.

Todo me empieza a resultar más familiar al adentrarme en la segunda sala de la exposición, por esa época yo tendría unos veinte años, muchos fines de semana los pasaba acampado con mis amigos en la playa de La Caleta; un grupo de machitos tan osadamente seguros de todo. Alfonso solía estar allí, no nos conocíamos, no llegamos a hablar nunca, pero yo era perfectamente consciente de su presencia, y él de la mía, como si nos uniese un hilo invisible que en algún momento nos habría de juntar. Reconozco aquellos días en la playa en el cuadro “El bañista”, también en “Los danzantes”, reconozco la pincelada larga como un rayo de sol, el movimiento, los colores, fundirse con la arena, con las olas, con el mar, reconozco las ansias de libertad. Y también reconozco “La tristeza del tigre”, el sentimiento de soledad que atraviesa al felino mientras camina por las calles de la ciudad.

En esta sala se produce un momento mágico, algo que también probablemente haya sucedido en su vida, la transición entre dos cuadros, la comisaria de la exposición los ha colocado consecutivos, como no podía ser de otra manera; de repente se produce el salto: se mantiene el fondo, se mantiene la pincelada, se mantiene el estilo, pero desaparece la figura, como si lo físico, como si la imagen dejara de interesarle y ahora lo importante fueran las sensaciones, una sutileza distinta, una necesidad expresiva diferente. En el momento en que escribo esto pienso que nunca le pregunté el porqué de ese salto, y esa conversación perdida ahonda el sentimiento de ausencia, de todo lo que nos quedaba por compartir.

A ello le sigue una etapa de experimentación, la pincelada abstracta se mantiene e introduce la materia, los colores parecen que son distintos cuando se impregnan en la arena, son más complejos, más rugosos, transmiten otras sensaciones. Alfonso los mezcla, crea distintas capas, los voltea, deja que se escurran, que se expresen, que encuentren su camino, como si estuviera buscando un nuevo lenguaje, vivir otro tipo de experiencias.

Entonces entro en la tercera sala, es la época en la que ya nos conocíamos, cuando ya habíamos empezado a recoger el hilo invisible -habíamos tirado cada uno de él- y fuimos acercándonos poco a poco, complacidos, como si estuviéramos esperando desde hacía años ese momento. Los cuadros de esta sala se corresponden con su exposición Maresía, ya ha terminado la fase de experimentación y ahora es el reposo, la calma, la suavidad de las líneas, la serenidad, la armonía. Yo creo que era el efecto de haber conocido a su mujer, todo lo que Paloma le ofrecía, todo lo que compartían y disfrutaban juntos, esa simbiosis, esa perfecta compenetración. De las obras de esta sala quizás mi favorita sea “As praias de Lua”, la observo y me parece tan bella, la delicadeza, la expresividad de la materia, la habilidad al mezclar y distribuir el pigmento, la sugerencia de las formas. Los cuadros para el autor, como las novelas para los escritores, pudieran ser como hijos, As praias da Lua (qué nombre tan bonito lo titula, qué nombre tan bonito para su hija) era también su serenidad.

As praias da lua

Al acceder a la última sala de la exposición percibes de inmediato que algo ha ocurrido, disfruto mucho observando cuando en la trayectoria de un artista sucede algo nuevo, seres humanos que han conocido una evolución, tal y como es la vida, evolucionamos, qué satisfacción tener la capacidad de expresarlo y de compartirlo a través del arte. Alfonso mantiene pero también ahonda en el domino del color, el expresionismo abstracto, la arena de las playas; lo que cambia son las formas, las líneas, el lenguaje, la madurez del artista, lo que él siente y nos quiere contar. Es el momento en el que aprovechamos la experiencia del pasado para dar un salto a otras inquietudes, al crecimiento personal, sobre los cimientos de nuestra trayectoria construimos una etapa nueva, y a mí me encanta que en esa transición haya tenido mucho que ver África, su proyecto Inter-lab, laboratorio intercultural de comunicación y creación de ideas, el grupo de jóvenes africanos con los que estuvo trabajando durante un año. La fuerza de África, la paradoja de África. Me encantan las personas a las que África no les deja indiferente; conocerla, impregnarte de ella, implica, inevitablemente, crecer con ella, como le sucedió a él.

Me gusta observar a Alfonso así, Alfonso en etapas, una, que se sumó a otra, que se sumó a otra, y todas fueron conformando una vida. Una vida que se acabó demasiado pronto. ¡Pero qué vida! Orgullosa, sensible, experimental, sosegada, rica, intensa, leída, pintada, colorida, amada, compartida, vivida. Así es la obra de Alfonso, y así era él, vitalista por encima de todo, y así me enriqueció a mí y a los que tuvimos la suerte de conocerlo. Alfonso, ese ser especial y libre que nos convertía en mejores personas. Viéndolo ahora en esta retrospectiva reflejado en todos sus cuadros soy más consciente de ello. Qué suerte haberlo conocido, qué suerte haber sido su amigo, qué suerte que nos siga acompañando a través de su obra.


Semblanza de Alfonso, el texto que escribí cuando nos dejó.

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2 comentarios

  1. Bonjour, très cher Pablo. Je suis en train de prendre connaissance de tout cela et je suis très émue. J’ai visité, toute seule, et j’y étais seule, cette magnifique exposition rétrospective de cet immense artiste, dans ce bel espace, derrière la Basilique Saint François, où je me rends très souvent … J’y étais donc seule, et j’ai marché lentement et doucement dans les salles vides, en regardant sur les cimaises et au sol les productions en arts visuels de cet artiste… A présent, je lis les lignes que tu as écrites sur lui… Je retournerai dans la Galerie des Beaux Arts, avec tes mots, tes phrases, tes écrits pour ton ami, et sur ses travaux, dans l’esprit et dans le coeur. Merci pour tout cela. Bien à toi. Sylvette Maurin.

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